Espiritualidad y Salud

“Para hacer que una lámpara esté siempre encendida no debemos dejar de poner aceite” (Madre Teresa de Calcuta).

Espiritualidad y salud, dos palabras inconexas a priori que están íntimamente relacionadas. En 1946, la Organización Mundial de la Salud (OMS) define la salud como algo más allá de la ausencia de enfermedad, es un estado de completo bienestar físico, mental y social. Posteriormente, en los años 90, se redacta un informe señalando la dimensión espiritual como uno de los componentes de la salud integral (Ginebra 1990). Este hito marca un cambio en la visión de la salud y los factores que influyen en la calidad de vida.

Resulta significativo el resurgir de lo espiritual que parece estar de moda. Nacen nuevas corrientes, tienen éxito los libros, charlas y cursos que promuevan la paz interior y el autoconocimiento, la compasión, la meditación, etc. Todo ello invita a la reflexión y al análisis, pues el hombre del s. XXI sigue necesitando dar respuestas a sus necesidades espirituales y a su constante búsqueda de sentido (V. Frankl). Los cambios o los momentos de crisis tambalean y desequilibran las bases de la sociedad, y de uno mismo, dejando paso al cuestionamiento de lo esencial y a la necesidad de dotar de sentido aquello que se vive y sufre.

En el ámbito sanitario, hoy día lo bio-psico-social está muy presente en nuestras acciones e intervenciones formando parte de nuestra cotidianeidad. Pero ¿qué sucede con la dimensión espiritual?, ¿está presente en nuestros hospitales, en nuestras unidades, en los programas de prevención, en los planes y líneas estratégicas…?

El cuidado de la dimensión espiritual puede favorecer la motivación diaria, la paz interior, el discernimiento de aquello que nos llena de plenitud y que dota de sentido lo que hacemos siguiendo la propia escala de valores. Cuando se carece de sentido, ánimo, motivación y coherencia de valores entre ser y hacer, la salud puede verse resentida. Entendiendo la salud según M. Domínguez Carmona, como una forma de vida autónoma (con libertad de decisión), solidaria (colaborando con los demás) y alegre que tiene lugar cuando se va asumiendo la propia realización.

La espiritualidad está relacionada con el espíritu, aquello que da aliento, que anima e invita al movimiento en el día a día. En este punto diferenciaremos la espiritualidad de la religiosidad. La dimensión espiritual y la dimensión religiosa no son sinónimos, aunque entre ellas existen referencias recíprocas. Ambas se complementan pero no se identifican totalmente, todo lo religioso es espiritual pero no al contrario. La religiosidad podríamos definirla de forma genérica como la respuesta a una reflexión interior del individuo vivida desde una tradición cultural.

En los últimos años según afirma A. Pangrazzi, las religiones tradicionales están perdiendo influjo y dominio, mientras que crece el interés por la espiritualidad y por la búsqueda de la transcenden­cia. Hay un elevado número de personas que no cono­cen ni frecuentan la iglesia, el templo, la mezquita o la pagoda, pero que poseen una rica espiritualidad.

En la Orden Hospitalaria se lleva años trabajando en un modelo de atención holístico e integral al estilo de San Juan de Dios, promoviendo una forma de cuidado en la que la persona, con sus múltiples dimensiones (bio-psico-social y espiritual), es el centro de la atención. Por ello, en todos los centros de la Orden habrá un Servicio de Atención Espiritual y Religiosa (SAER) cuyo objetivo es el de velar porque esta parte de la persona sea tenida en cuenta, atendida y respetada. Nuestra misión es la de atender las necesidades espirituales de enfermos y necesitados, sus familias y los propios profesionales del Centro, promoviendo una cultura de HOSPITALIDAD característica de nuestro carisma desde el respeto y la libertad  de convicciones y creencias.

Elena Iglesias López. Agente de Pastoral

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