“Al final de esa minúscula loma hallé la paz”

Cuando era tan niña que allá donde me sentará mis piernas quedaban suspendidas a merced del frío seco del invierno, me gustaba imaginar que detrás de las colinas verdes de los cuentos se elevaban, como gigantes de arcilla, castillos encantados de ojivales ventanas y prisioneras princesas. A su auxilio, tras luchar contra dragones orientales, recorrer ciento de leguas sobre negros corceles y proteger millones de estrellas mis sueños heroicos, acudía siempre yo. Hasta que un día mis pies dejaron de balancearse al antojo del viento, mudé mis calcetines rojos por medias de cristal negro y olvidé ascender colinas en busca de amistades nobles.

La primera vez que subí la cuesta de la Clínica Nuestra Señora De La Paz tenía veinticuatro años, había consumido esporádicamente cocaína, éxtasis y cuarto de micropunto y al final de esa minúscula loma hallé la paz. Confabularon en la desaparición de las ideas delirantes, en la desviación psicopática, en la baja fuerza del yo y en el diagnóstico de esquizofrenia, mi psiquiatra, mi psicóloga, así como todas y todos cada uno de los cocineros, camareros, limpiadores, voluntarios, auxiliares, enfermeros, pacientes, médicos y hermanos que hicieron de mí, de mi persona el centro de la clínica. Marché de alta, un miércoles de febrero de mil novecientos noventa y cuatro, un mes después, con más kilos, muy medicada y teniendo claro un concepto bautizado como conciencia de enfermedad.

Y al final de esa loma hallé la paz.

Entonces me dediqué a finalizar mi carrera, 5º de Periodismo, colaborar en alguna emisora de forma ocasional y alejarme de mi psiquiatra que en un no constante me alertaba sobre los peligros del chocolate, el café, el alcohol y el hachís para mí…Y seguí descendiendo collados hasta extraviarme en la espesura del llano. Equivocada, mal acompañada y errante me dejé llevar, abandoné la medicación y sumida en mis delirios perdí el control sobre mí misma hasta que al despuntar el uno de septiembre de mil novecientos noventa y seis solicité a mi madre el ingreso voluntario en la Clínica Nuestra Señora De La Paz.

… Y fue como volver al calor. Regresé ese pasillo eterno en el que pasaba horas y horas contemplando la espalda de la estatua del Sagrado Corazón y cuya meditación me colmaba de sosiego. A compartir las galletas de la merienda con mis compañeras.  Los cigarrillos y la televisión con otras pacientes. Los paseos nocturnos y la piscina al caer la tarde con nuestro naturópata. Las conversaciones íntimas con mi médico. Las mañanas de radio en las horas de visita con mi padre y los cálidos besos de buenas noches con el enfermero de guardia. Volví a sentirme acogida y respetada, protagonista de la misión de la Orden Hospitalaria de los Hermanos de San Juan de Dios.

Hoy, veintiún años después, por un error en la medicación suministrada por un psiquiatra, he vuelto voluntariamente al único sitio que conozco capaz de transmitirme la calma y la paz necesarias para conseguir un estado de bienestar psíquico, físico y mental. Apenas quedan las ruinas de ese castillo encantado con ventanas multicolores donde encontrar un espacio de paz. Aquí en este lugar, donde la salud es un fin.

María Pereiro Díaz de la Espina

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